Lunes, 11 Diciembre 2017

Carta Sarmiento

Publicado en Historia / Cultura

 

 

Buenos Aires, enero 2 de 1872

Señor Gobernador
Don JUAN AGUSTIN ESTRADA
SAN LUIS


Mi estimado amigo:

 

Me ha remitido el señor Avellaneda la carta que hubiera deseado me dirigiera a mí, en la que le comunica sus descubrimientos arqueológicos en San Francisco del Monte y la inscripción tallada por mi cincel hace 46 años, pues en 1826 la fecha, y no 29 como la han copiado. Recuerdo los nombres de los señores don Máximo Gatica y la señorita entonces de trece años, Camargo, hermana de los niños de 18 a 20 del mismo apellido, de quienes era yo maestro de escuela con quince años.

 

No sé si la hermosa señora Borjas Quiroga es la discípula hermosisima que yo tenía en aquella escuela en que todos los alumnos eran mayores que el maestro; pero mi recuerdo me inclina a creer que era Dolores el nombre. Así como así, siempre es para mi un gratísimo recuerdo el que envía encargando de recordar él mío a los que no han olvidado al sobrino del presbítero Oro, pues su apellido poco debían acordarse. De unos peñascos por entre los cuales se desliza el arroyuelo inmediato y de los alrededores de la casa de la familia Camargo, conservo estas dulces y tenaces impresiones primeras, que ni los viajes ni los años borran jamás. De la niña Camargo, recuerdo la figura, baja de estatura, entonces, pues no había alcanzado todo su crecimiento.

 

Siempre será bueno que en una aldea se conserve una inscripción hecha de mano de uno que andando el tiempo fue presidente de la República. Puede significar algo más, y entonces serían un memorándum de una de las más útiles revoluciones que haya experimentado la América. Allí en San Francisco del Monte abrí primera escuela con siete alumnos, todos de mayor edad que yo, e hijos, excepto Dolores, creo, de familias acomodadas; uno de los Becerro, de la Sierra y... no me acuerdo de los demás; pidiomelo. El presbitero Oro por amor a aquellos de sus feligreses, y de pena de verlos llegar a adultos, jóvenes ricos sin saber leer. Este incidente tan trivial, esta escuelita al aire libre; mientras estudiaba latín, hizo que los detalles prácticos de la enseñanza me fuesen familiares y dio un giro especial a mis ideas. En 1827 regrese a San Juan para dedicarme al comercio y entonces vi las hordas de Facundo Quiroga que venía a defender la religión. No un ornato póstumo el que quiero dan los hechos. Siempre he pensado, y creo alguna vez escrito, el espectáculo de tanta barbarie como lo de, aquellos llanistas medio desnudos, desgreñados y sucios, me trajo la idea de la educación popular como institución. Un año después llevaba una espada, para combatir contra la barbarie y dos más tarde, emigrado en Chile, fundaba en Putaendo, en casa de mi pariente, don José Domingo Sarmiento, una por las mismas causas que la de San Francisco, no haber escuela ninguna, ni haberla habido nunca en el lugar, mientras que los hijos del Gobernador y principales vecinos crecían en la mas completa ignorancia. Tiene usted, pues, en estos dos hechos el origen del movimiento educacional. La prueba está, en que de San Juan lleve a Chile, no ya la intuición, de sus ventajas, sino el estudio completo de la materia en métodos conocidos, el sistemas, textos, etcétera.

 

Mi primer paso en Chile, fue cerrar las escuelas de Lancaster, el segundo, dar un silabario nacional. Lo demás se encuentra en mis escritos y los papeles de Venezuela, que verá impresos, pudieron reputarse el fruto maduro de la semilla que nació en San Francisco del Monte, de San Luis. Las ramas del árbol se extienden ya hasta el golfo de México por las márgenes del Orinoco. Ahora le diré a usted el sentido histórico de la inscripción de los maderos. Unus deus, una ecclesia, unum baptisma.

 

¡Triste cosa! Estas unidades quieren decir intolerancia religiosa y son las protestas que mi tío, el presbítero Oro, lanzaba contra lo expresado en la Carta de Mayo, la primera constitución provincial con declaración de derechos y garantías, promulgada en 1825 por el gobierno del Doctor Salvador María del Carril. El Presbítero Oro estaba emigrado en San Francisco, y al reparar el templo destruido por un rayo, me dio aquellas palabras con encargo de grabarlas en un arco natural de tres curvas perfectamente iguales que hacía un madero y debía rematar el coro montado sobre gruesos pilares de algarrobo. Dos años después, yo andaba peleando contra el sentido de la inscripción grabadas por mis manos en San Francisco, sin que las buenas relaciones de familia con mi maestro se interrumpieran, no obstante militar en campos opuestos.

 

Vale la pena de conservar aquella inscripción en la nueva Iglesia. Ojalá que algo pudiéramos hacer para perpetuar la escuela de San Francisco del Monte, donde di las primeras lecciones de mi gran ciencia hoy, el a, b, c,! Bien, que nuestros buenos maestros de Francia, en el juego de palabras altisonantes, tales como libertad, democracia, igualdad, principian después de bien escarmentados por el principio de todo gobierno libre el a, b, c, ya bien que de mi residencia en Estados Unidos, saqué en limpio eso solo, que para cosechar, es preciso sembrar.

 

Con mil cumplimientos a las señoras, mis coetáneas, tengo el gusto de subscribirme su afectísimo y seguro servidor. -

 

DOMINGO F. SARMIENTO